Nadie nace preparado para la tristeza, ni mucho menos para esa verdad que duele que es la única verdad que existe. Por eso cerramos los ojos. Fingimos no ver lo que estamos oyendo y no creer lo que no muestran. Pero no los abrimos por si acaso, por si al hacerlo descubrimos que todo es peor de lo que creíamos, que hemos malgastado nuestras lagrimas y ahora no sabemos como llorar las penas que nos abruman.
Porque puede que sea tarde, porque nunca estuvimos a tiempo (de ser felices). El mundo siempre giró demasiado deprisa para nosotros, que sonreíamos tan despacio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario